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Fourteen thousand six hundred. Fourteen thousand six hundred and ten, actually, if you count all the 29th of Februarys from that distant Tuesday of the mid-seventies. That is the exact number of days that have had to pass to get to reach that figure so dreaded and overwhelming, so disturbing and treacherous, and yet in its strange way, so liberating and comforting: forty years.

Forty years (14,610 days) so far, and the body asks one to take stock. Not to, in fact, would be almost a lack of respect for oneself, for with that inner voice that tells you that you have earned the right to inventory all the successes and failures, the sorrows and joys, dreams and nightmares, count the scars, disappointments, war wounds…

Let’s see: in 14,610 days there was plenty of time to play and learn; to make dozens of friends and get rid of almost all of them along the way; to love and fall in love; to laugh, to mourn, to have fun, to travel; to get drunk, to experiment, to make mistakes and then correct them; to work to exhaustion and to harden the body and soul; to say “yes” to almost everything, before learning to say “no” without blushing; to know fear, madness, absolute happiness and infinite sadness; to find out that if you learn not to expect anything from anyone, no one will disappoint you anymore; to understand better life and death, yourself and others; to miss those who have left and have more time for those who will leave today and may never return; to accept myself with my faults and my one thousand nine hundred and ninety-nine virtues; to understand that your life is what you make of it, the healthy and correct way is to not please everyone; 14610 days gave, in short, all of that, and much more ….

But above all, these forty years have served to give me the privilege of finding the perfect mate, my other half, my support, my comfort, my balance, my love. These forty years have served to allow my two daughters to be born and gradually grow, to understand what it means, really means to love someone more than your own life. To find, finally, a meaning, a reason. Fourteen thousand six hundred and ten days were worth it… And hopefully, we’re only halfway.

That’s why these pictures, the result of enormous talent, professionalism and the closeness of Denis Cherim and Valentina Nikolova, perfectly reflect who I am today, in my forty years. Everything I am, everything I aspire to be, is there in this little family, and I seek refuge in every look, every smile, in every one of the gestures that Denis has captured throughout. This family, my girls are the reason I live and fight every day. If I am, it’s for them. Without them, there is nothing. Without them, I am nothing.

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Catorce mil seiscientos. Catorce mil seiscientos diez, en realidad, si contamos todos los veintinueves de febrero desde aquel remoto martes de mediados de los setenta. Ese es el número exacto de días que han tenido que transcurrir hasta llegar a alcanzar esa cifra tan temida y abrumadora, tan perturbadora y traicionera, y sin embargo, a su extraña manera, tan liberadora y reconfortante: cuarenta años.

Cuarenta años (catorce mil seiscientos diez días) dan para mucho, y el cuerpo le pide a uno hacer balance. No hacerlo, de hecho, sería casi una falta de respeto para con uno mismo, para con esa vocecilla interior que te dice que te has ganado el derecho a inventariar logros y fracasos, penas y alegrías, sueños y pesadillas, a hacer recuento de cicatrices, decepciones, heridas de guerra…

Veamos: en catorce mil seiscientos diez días hubo tiempo de sobra para jugar y aprender; para hacer docenas de amigos y desprenderse de casi todos por el camino; para enamorar y enamorarse; para reír, llorar, divertirse, viajar; para emborracharse, experimentar, equivocarse y rectificar; para trabajar hasta la extenuación y endurecer el cuerpo y el alma; para decir “sí” a casi todo, antes de aprender a decir “no” sin sonrojarse; para conocer el miedo, la locura, la felicidad absoluta y la tristeza infinita; para averiguar que si aprendes a no esperar nada de nadie, nadie te decepcionará nunca más; para entender un poco más y mejor la vida y la muerte, a uno mismo y a los demás; para echar de menos a los que se fueron y echar de más a los que bien podrían marcharse hoy para no volver jamás; para aceptarme con mis mil defectos y mis novecientas noventa y nueve virtudes; para comprender que tu vida es lo que tú hagas con ella, que lo sano y lo correcto es no gustar a todo el mundo; catorce mil seiscientos diez días dieron, en definitiva, para todo eso, y para mucho más….

Pero por encima de todo, estos cuarenta años han servido para tener el privilegio de encontrar a la compañera perfecta, a mi otra mitad, a mi apoyo, mi consuelo, mi balance, mi amor. Han servido estos cuarenta años para ver nacer y crecer poco a poco a mis dos hijas, para entender lo que significa, de verdad, querer a alguien más que a tu propia vida. Para encontrar, por fin, un sentido, un motivo, un porqué. Catorce mil seiscientos diez días que han merecido la pena… Y con suerte, sólo estamos a mitad de camino.

Es por eso que estas fotos, fruto del talento enorme, la profesionalidad y la cercanía de Denis Cherim y Valentina Nikolova, reflejan a la perfección quién soy yo hoy, a mis cuarenta años. Todo lo que soy, todo lo que aspiro a ser, está ahí, en esta pequeña familia, y busco refugio en cada mirada, en cada sonrisa, en todos y cada uno de los gestos que el mágico objetivo de Denis ha sabido captar en toda su esencia. Esta familia, mis chicas, son la razón por la que vivo y peleo cada día. Si soy, es por ellas. Sin ellas, no hay nada. Sin ellas, no soy.

Mario Gil

  • Mar - Qué palabras tan hermosas, Mario, te lo habrás tenido que currar para estar a la altura de las imágenes 😉 Genial trabajo, como siempre, de Denis y Valentina. Y vosotros cuatro… Es que sois muy bonitos!!!

    MarReplyCancel

    • Mario - 😘😘ReplyCancel

    • Mario - Sois muy grandes, Denis y Valentina. Pero mucho….. Estamos en Shock!!! Millones de gracias por todo. Se os quiere, chicos!!ReplyCancel

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